Aprovechando los días del puente de San Froilán, hice una escapada junto a unos amigos a Sofía, la capital de Bulgaria. Durante nuestra estancia coincidimos con un acontecimiento que me llamó poderosamente la atención, tanto por su boato como por su calado histórico y simbólico.
Y es que el 3 de octubre se celebró el solemne traslado a la basílica de Santa Sofía de los restos del zar Samuel, un rey medieval búlgaro, que tras un curioso periplo yacían en la ciudad griega de Salónica. No fue este un acto menor: estaban presentes las máximas autoridades de la república, las calles del centro permanecían fuertemente custodiadas por un notable despliegue policial y de seguridad, se pronunciaron emotivos discursos institucionales e incluso varios cazas del ejército sobrevolaron los cielos de la capital en su honor.
Este acontecimiento en realidad encierra un potente mensaje de reconciliación entre Grecia y Bulgaria, que fueron territorios enemigos durante siglos. Ya en la Antigüedad clásica, el territorio de la actual Bulgaria —la antigua Tracia y el reino odrisio— era percibido por los griegos como el arquetipo por antonomasia de la tierra bárbara, y ambos pueblos se enfrentaron en numerosas ocasiones. Más tarde, durante el Medievo bizantino, el reino e imperio de los búlgaros se convirtió en la gran némesis de Constantinopla, en una sucesión ininterrumpida de guerras, conquistas y derrotas mutuas. Aunque todo aquel antagonismo quedó en cierto modo adormecido durante los largos siglos de dominación otomana, los viejos rencores rebrotaron brutalmente a finales del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX, regando de nuevo la península balcánica de sangre durante las guerras balcánicas y las dos guerras mundiales (en las que, por cierto, Bulgaria escogió siempre el bando perdedor).
Por eso, ver en el presente cómo Grecia entrega los restos del gran monarca medieval a Bulgaria para que descanse en su capital, es un gesto extraordinario. Es la constatación palmaria de cómo dos pueblos con un pasado secular de guerras y desconfianzas mutuas pueden encontrar la concordia cuando se integran en un proyecto común superior, como es la Unión Europea, e incluso la Unión Monetaria (Bulgaria introdujo el euro en enero de este mismo año). La voluntad racional de pertenecer a un espacio compartido diluye los viejos resquemores atávicos y tribalistas, y permite mirar al pasado sin ánimo de revancha.
Desgraciadamente, los vientos que soplan hoy por el resto del mundo no parecen ir en esa dirección. Vivimos tiempos atemorizadores, dominados por un resurgimiento global de los nacionalismos y posturas cada vez más irracionales y, como no podía ser de otra manera, beligerantes. Esta atmósfera recuerda de manera inquietante a la fiebre nacionalista de finales del siglo XIX y principios del XX; y la Historia —siempre implacable cuando se la ignora— ya nos enseñó cómo terminó aquella deriva: en las más feroces y devastadoras guerras mundiales. Entretanto, organismos concebidos precisamente para arbitrar la paz, como la ONU, parecen hallarse hoy en una crisis profunda, prácticamente en ruinas y marginados de la toma de decisiones reales.
Ojalá el ejemplo de concordia que hoy brindan dos viejos enemigos en el corazón de Europa cunda más allá de sus fronteras. No podemos permitirnos tropezar una vez más con la misma piedra del pasado siglo. No podemos esperar a que otra guerra mundial reabra los horizontes del internacionalismo, como ocurrió en 1945. Al final, y por encima de cualquier bandera o frontera administrativa, la razón nos recuerda una verdad elemental que la humanidad parece olvidar periódicamente: no somos más que una única especie compartiendo un mismo destino en un planeta diminuto. Aunque líderes tribales se nieguen a reconocerlo…




